viernes , 24 noviembre 2017

Historia de un emigrante mexicano

Corría el año 1987,  Bonifacio Bonilla Ramirez tenía 17 años y pocos días cuando tomó una de las decisiones más duras de su vida. Lo pensó una y mil veces pero desde un principio lo tenía claro. Tenía que hacerlo. Había que probar suerte pues no podía esperar a que sus circunstancias mejoraran.

Un emigrante mexicano, Boni y su historia

A pesar de no querer ser un emigrante mexicano tenía que que tomar la decisión, no por él sino por su familia. Quería un futuro para sus hijos. “Tengo que hacerlo”, se repetía una y otra vez cada día. Decidió que ya estaba bien, necesitaba salir de ese país que no le echaba una mano, un país donde carecía de las oportunidades de las que había oído hablar al otro lado de la frontera. No sólo debía, sino que necesitaba salir en busca de un lugar mejor, un lugar donde vivir dignamente.

Historia de un emigrante mexicano

Boni, como lo han llamado desde siempre, tomó un camión desde su Guanajuato natal, ciudad que lo había visto crecer y convertirse en un hombrecito, y en tortuosa marcha a través de carreteras secundarias llegó hasta Tijuana. 48 horas de viaje fueron, 48 horas de recuerdos, recuerdos de su mujer porque Boni ya estaba casado y tenía hijos, sí, era otra época, ni más ni menos dura en lo referente a la familia que la actual, simplemente otra época.

Desde Tijuana nuestro Boni decidió cruzar a pie, a paso lento pero seguro con su espalda cada vez más mojada, lágrimas de pena en su rostro y de cansancio sobre su cuerpo. El trayecto que separa Tijuana (México) de San Diego (Estados Unidos) se le antojó como de 15, 20 o 22 kilómetros. Cubrió la distancia en ocasiones corriendo mientras se iba alejando de la migra, en ocasiones trotando penosamente cuando su cuerpo le pedía una tregua o, incluso, caminando cuando casi desvanecía aguantando sed y hambre.

Frontera Mexico Estados Unidos

15, 20 o 22 kilómetros cree que recorrió pero las tecnologías de hoy en día indican que son algo más de 25 kilómetros los que atravesó a pie junto a su hermano, quién lo acompañó en esta larga y temible aventura de incierto final. Con ellos al menos veinte compatriotas más compartiendo un mismo sueño, el sueño americano.

En aquella ocasión no hubo suerte. La migra los agarró y, como todo emigrante mexicano, pasaron sus días en el centro de detención. Cada uno de los días en el centro se hacían más duros, muy duros, tanto es así que a día de hoy prefiere no profundizar en detalles de supervivencia. Su mirada lo dice todo, no fue fácil pero su interminable buen humor provoca que no te saque una lágrima sino una sonrisa de admiración.

Desierto en Mexico

Llegado el día regresaron a los hermanos a su México natal pero Boni seguía teniendo la necesidad de cruzar al próspero vecino americano. Cada noche soñaba con su mujer e hijos, los echaba mucho de menos. Podía regresar fracasado a Guanajuato o intentarlo de nuevo. Debía, debían, intentarlo de nuevo. Los hermanos habían hecho una promesa antes de partir. O los dos o ninguno, para bien o para mal juntos hasta el final. Ser un emigrante mexicano no sería fácil, eso ya lo sabían.

Boni es una persona creyente. A sus 46 años aún conserva un pelo negro azabache totalmente envidiable y, pese a su dura vida, se le ve feliz a primera vista. Tiene la risa fácil y nuestros diferentes acentos le provocan risa. Se hace querer rápidamente. Su corazón en inmenso. Le gusta aprender cosas nuevas no en vano, es de mente inquieta. Una persona muy viva y que aún conserva parte de la valentía que a los 17 años le hizo intentar cruzar de nuevo la frontera con Estados Unidos. Y es que los hermanos aspiraban a cruzar una vez más, estaba escrito.

Tijuana a San Diego

El camino volvió a ser tanto o más duro que la primera vez que lo cruzó pero ya tenía experiencia. Consiguió pasar y esta vez no lo agarraron. Llegó al país de las oportunidades con un objetivo en mente, buscar un trabajo para enviar dinero a su familia. Fresno en California lo acogió durante un año. Un año duro, lejos de su familia y con un trabajo que no le llenaba. No era feliz. Seis días trabajando y el domingo para lavar su ropa según cuenta. Se sentía solo, triste. Un año duró la separación familiar hasta que Boni, harto de trabajar para sobrevivir, ilegal, decidió retornar a casa. Su familia lo esperaba.

Un emigrante mexicano retornado

Hoy en día vive en Guanajuato y trabaja como conductor para una empresa de turismo. Su trabajo le obliga a pasar muchas horas en la carretera, a hacer jornadas largas durante varios días pero sabe que, al final, llegará a casa y podrá abrazarse a los suyos. Ya no está solo. Ahora es feliz con su familia. En México encontrar un buen trabajo no es fácil pero hay que intentarlo, dice. No quiere animar a nadie a vivir una experiencia similar a la suya en la frontera. Ser emigrante mexicano no es plato de buen gusto.

Sabe que veintiocho años después las cosas no han cambiado tanto y en la frontera día tras día la historia se repite. El mismo deseo, la misma esperanza de un futuro mejor fuera de su país. La vida no es fácil pero el carácter de Boni ayuda. No lo intenta pero contagia de felicidad y alegría a los que le rodean.

San Miguel de Allende

Disfrutamos de tres días de sonrisas cómplices a su lado, escuchando mil y una vez las 200 canciones que tenía de su grupo favorito, Maná le transmitía y le recordaba de donde venía. Boni podría llamarse Juan, Alfredo, Francisco o Pancho. Boni tuvo suerte, muchos otros salieron en busca de su maná particular pero jamás lo lograron, como el pobre Juan que se lanzo marchándose al norte. Iba en busca de una vida digna cruzando México por valles y por montes. Su mujer María estaba embarazada, igual que la de Boni. Historias paralelas, historias de ayer, historias de hoy.

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2 Comentarios

  1. Una historia de lo más actual con lo que está sucediendo ahora mismo con la migración en el mundo. Boni tuvo la suerte de poder llegar y de poder volver. Seguro que esa sonrisa y ese buen carácter le ayudaron.
    Una gran historia que nos trae esperanza hoy en día.

    • Jola JAAC,

      Solo de pensar en jugarse la vida para cruzar al otro lado, la angustia que eso produce mezclada con la tristeza de dejar a la familia detrás … uf, que mal trago.

      Lamentable lo que pasa al otro lado del Atlántico, lo que pasa aquí y en otros lugares del mundo.

      Gracias por el comentario! Un abrazo (y a Sara también)

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